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Para la revista de Teología de la Univ. Católica de Sta. María de Arequipa

EL DIALOGO JUDEO CRISTIANO, A 36 AÑOS DEL CONCILIO VATICANO II

Guillermo Bronstein1

Hace 40 años nadie se hubiese siquiera atrevido a soñar que un rabino, judío convencido y observante de la Ley de Moisés, podría ser invitado a escribir en la Revista de Teología de una Universidad Católica. Los judíos éramos todavía en los años 60  del siglo XX los pérfidos, los deicidas, aquellos cuyos ojos están obstinadamente cerrados a la Verdad y a las delicias de la Salvación Eterna.

La aparición dentro del seno de la Iglesia Católica Romana de una figura visionaria y piadosa como Juan XXIII sirvió de disparador para generar el cambio que llevara a ambas tradiciones a descubrir que, al lado de aquello que teológicamente nos diferencia, está lo que nos une en un acervo común que estas últimas décadas se a dado en llamar la Tradición Judeo - Cristiana.

Claro está, este diálogo no podía ser un recorrido transitado sobre una alfombra de pétalos de rosas. Siglos de prejuicio, persecuciones, desencuentros, indiferencia cuando no hostilidad abierta no han contribuido precisamente a la creación de un ambiente propicio para el acercamiento mutuo. No pocas fueron las personalidades que antes del Concilio Vaticano II han ayudado a este redescubrimiento de uno por el otro. El Padre Flannery escribió un documento valiente llamado 23 siglos de antisemitismo, en el que un miembro de la Iglesia no solo reconoce la existencia del prejuicio antijudío en el seno de la institucionalidad católica; sino que con erudición e imparcialidad documenta este fenómeno. El Cardenal Bea fue sin duda, el nervio motor del acercamiento del Vaticano a los dirigentes judíos que fueron invitados al Concilio como veedores.

Los primeros dialoguistas judíos

Por el lado judío existió siempre un poco disimulado desdén hacia los Goim, los gentiles, que como su etimología explica, son las gentes, los otros, los que no participan del Pacto; los incircuncisos, impuros. Este desdén llevó a una total indiferencia por parte de la mayoría de las autoridades tradicionales de las comunidades judías medievales acerca de los alcances de la ideología cristiana sobre Dios, el Pueblo de Dios, la Revelación y la Redención.

Recién en el siglo XX, entre las dos guerras hubo en el campo judío intelectuales imparciales y valientes que se atrevieron a hablar abiertamente del cristianismo y de las relaciones entre ambas tradiciones religiosas. Los más destacados fueron Franz Rosenzwaig y Martin Buber. Ellos abrieron el camino para un diálogo entre iguales, en el que se respetaría la identidad del interlocutor y el particularismo propio.  En la visión de ambos, las tres grandes religiones Monoteístas no deben ser vistas como excluyentes, sino como complementarias. Las tarea que Dios legó a sus fieles es la misma sin importar a cual de estas 3 tradiciones adhiera; tarea ardua e inacabada: hacer llegar el conocimiento del Dios Unico a todo el género humano; a cada pueblo según su propia capacidad de aprehenderlo. A cada cultura como se le permita ser practicado de acuerdo a su costumbre ancestral heredada de sus antepasados.

Jules Isaac: Las raíces Cristianas del Antisemitismo

La gran influencia judía en Juan XXIII correspondió sin embargo a un simple maestro de escuela francés, quien perdiera a toda su familia en la tragedia de la Shoá en la II Guerra Mundial: Jules Isaac. Este fue alentado por el Papa Bueno a poner en papel los errores históricos y teológicos que llevaron a 20 siglos de desencuentros, prejuicio y persecuciones. A estos errores Isaac los llama "la enseñanza del desprecio".  El fruto de esta investigación fue un breve pero a la vez contundente estudio al que se llamó Antisemitismo Cristiano (en la edición en castellano) Las Raíces Cristianas del Antisemitismo.

En él, J. Isaac desmitifica lo que para casi todos los cristianos y catequistas eran hasta entonces verdades incontrovertibles:

  • Que la Diáspora fue el castigo que Dios infligió a los judíos por su rechazo a la Divinidad de Jesús y a su figura de Mesías Salvador de Israel. Isaac demuestra que la dispersión judía comenzó mucho antes del año 70 de la Era Común: en verdad la Diáspora como fenómeno social e histórico comienza casi 600 años antes, cuando los pobladores de Jerusalem son llevados en cautiverio a Babilonia, país que no abandonaron hasta 1950, cuando esa comunidad emigró en masa al moderno Estado de Israel.
  • Que el judaísmo de la época de Jesús era una religión decadente. Isaac propone que el judaísmo en esos tiempos pasaba por uno de sus períodos más activos y creativos; la preponderancia de diversas sectas en la Tierra de Israel y la efervescencia del judaísmo diaspórico, sobre todo el babilonio y el alejandrino son prueba irrefutable de ello. Es más, el surgimiento y el auge del judaísmo cristiano del Siglo I se debe a ese impulso creativo. Lo mismo se puede decir de la afirmación del judaísmo rabínico y del judaísmo altamente espiritualista de los esenios.

En resumen, J. Isaac nos invita a separar lo que es la verdad histórica objetiva de las afirmaciones teológicas. Estas pueden ser verdades axiomáticas para el dogmatismo religioso, lo que no las transforma en realidad histórica.

La Apologética

Antes de la Declaración Conciliar Nostra Aetate, la relación intelectual y política entre cristianos y judíos estaba bajo la tutela de la literatura apologética: cada uno debía obligadamente demostrase a sí mismo y por extensión al otro, que la suya era La Verdad, la única aceptable y válida. El corolario es lógico: el que no está bajo la protección de La Verdad, vive en el engaño, la mentira la impiedad y la infidelidad hacia Dios.

Por ello las relaciones Judeo - Cristianas eran tensas, hostiles y hasta irreconciliables. El compartir parte de las Escrituras nos llevó a un exclusivismo sin reconciliación posible.

Así en la Edad Media, y sobre todo en España abundaron las así llamadas disputas religiosas.  En ellas, las autoridades rabínicas de una Comunidad eran obligadas a presentarse a una especie de torneo teológico, en el cual debían responder a un cúmulo de cuestionamientos desafiantes que los representantes eclesiásticos les proponían. Estos cedían por lo general el papel de presentadores de la causa de la Iglesia a judíos apóstatas; los que no ponían reparos en presentar a su tradición como blasfema y errada.  Los resultados no podían ser nunca claros en este tipo de disputas apologéticas, ya que la decisión final dependía más del poder que los oradores tenían para cautivar al auditorio que de la profundidad de los argumentos; la situación era que las comunidades judías, seguras de la verdad de su causa se encerraban más y más en sí mismas en un aislamiento nada sano. Las autoridades cristianas, por su parte, también convencidas de su victoria, aumentaban su convicción en que podían y debían presionar más y más a los judíos para que abandonasen su error.

De la triste historia del dominio de la apologética han surgido eufemismos y apodos que no son otra cosa que el reflejo de ese encono irreconciliable:

Minim (sectarios); Sinagoga de Satanás. Hasta el Heinrich Graetz, padre de la moderna historiografía judía, literato liberal e iluminista, escribe con estilo apologético claro aunque inconsciente  cuando relata las matanzas de las Cruzadas en el Siglo XI.

Nostra Aetate

Si hay que señalar una divisoria de aguas, un antes y un después en la relación entre el Judaísmo y el Cristianismo, a nadie le cabría la menor duda que esa marca está dada por la Declaración Conciliar Nostra Aetate del Concilio Vaticano II. Esta estuvo sin embargo precedida por un gesto que, como popularmente se afirma, dijo más que mil palabras. El Papa Juan XXIII recibió a una delegación de veedores judíos al Concilio; cuando se presentó frente a ellos lo hizo con las palabras del Génesis: "Yo soy José vuestro hermano". (el nombre propio del Papa era Giusseppe). Ese gesto permitió que se abriesen mágicamente las barreras de la sospecha que siempre a lo largo dela historia habían caracterizado los encuentros entre católicos y judíos. Encuentros que no tenían el carácter de citas entre pares, sino el de la cita entre el peticionante que ruega al poderoso. Desde esa ocasión el judío dialogando con  el católico ya es el Hermano Mayor en la Fe en intercambio fructífero con el hermano Menor. El tronco del olivo nutriendo a y nutriéndose de la rama injertada.

Nostra Aetate es el comienzo del sinceramiento de la relación mutua; el reconocimiento de lo traumático que para el judío había sido esa relación hasta entonces.

La Declaración del Vaticano II recién fue complementada en las dos décadas pasadas gracias en gran medida a la decisión de Juan Pablo II, quien no dudó en tomar pasos valientes para contribuir a despejar el camino, comprendiendo lo que hitos tan dispares pero a la vez tan fundamentales en la historia del Siglo XX significan para el Judaísmo y el Pueblo Judío: la Shoá durante la II Guerra Mundial y el establecimiento del Estado de Israel en la Tierra de Israel, bajo soberanía judía.  En este aspecto los judíos sentimos que Juan Pablo II ha sido mucho más Juan que Pablo; interpretando no solo la voluntad del Papa Bueno, sino el impacto que sus pasos habían tenido en el alma judía.

Pasos Futuros

El 2000, Año Jubilar de la Iglesia Católica vio la publicación de uno de los libros más medulares para entender el pasado y para proyectar el futuro de las relaciones Judeo - Cristianas sobre la base del entendimiento armónico y de la sinceridad en el diálogo mutuo. El libro es La Espada de Constantino, y su autor es el ex sacerdote James Carroll. Entre otras cosas, el autor propone a su Iglesia que se deben leer los textos apologéticos y anti judíos en general desde la perspectiva judía, como si el lector católico fuese judío; y luego de ello, integrar esa perspectiva en los textos oficiales y también en las prédicas eclesiásticas.

Carroll avanza aun más y al plantearse la pregunta de hacia dónde se dirige la relación de la Iglesia con sus Hermanos Mayores en la Fe, él insiste que se debe avanzar hacia la convocatoria del Concilio Vaticano III, cuya agenda debería estar dedicada en exclusividad e este tema. Allí se deberán tratar y resolver desde la perspectiva de la Iglesia asuntos pendientes como ser los Textos anti judíos en el Nuevo Testamento; la santidad de la Democracia y el avance hacia una nueva Cristología. No cabe duda que las opiniones de Carroll coinciden en gran medida con la de la mayoría de los intelectuales judíos; y que si su visión del futuro del diálogo encontrase eco en la Iglesia se estaría avanzando no solo hacia una era de comprensión mutua sino en el camino de una convivencia armónica.

Una de las propuestas más audaces que Carroll hace consiste en pedir a la Iglesia una reestructuración de la Teología que ha sostenido al catolicismo. En efecto, según él acertadamente apunta, el pecado del antisemitismo está enraizado no en la conducta de cristianos pecadores, sino en las acciones y el pensamiento de muchos de aquellos a los que la Iglesia considera Santos. En éstos su desprecio por le judaísmo y los judíos fue visto en el pasado como una conducta ejemplar y santa porque este desprecio era indisoluble con las estructuras teológicas de la Iglesia como tal.

¿Y del Lado Judío?

El impacto que en el público judío causó la publicación del libro de J. Carroll no pasó desapercibido. En enero de este año 2001, la Brandeis University organizó una serie de debates sobre el mismo, en los que participaron figuras tan centrales de ambas comunidades como S.E.R. el Cardenal Eugene Fisher, de la Conferencia Episcopal Norte Americana; Krister Stendahl, Obispo Emérito de Estocolmo; el mismo James Carroll. Por el lado judío se destacó la presencia de intelectuales reconocidos como Robert Wistrich de la Universidad Hebrea de Jerusalem; Paul Mendes-Flohr de la Universidad de Chicago, así como los rabinos Irving (Yitz) Greenberg (ortodoxo), del Jewish Life Network; y Arthur Green (reconstruccionista), profesor de Misticismo Judío en la misma Universidad de Brandeis en Boston2

En las ponencias de éstos dos últimos vemos lo que creemos que será en los próximos años el debate al interior de la intelectualidad judía en le mundo acerca de la naturaleza del diálogo y de las relaciones con la Iglesia Católica Romana en particular y con el Cristianismo en general.

Tanto Greenberg como Green señalan que los mismos pasos valientes y decididos que los judíos hemos visto que la Iglesia ha dado en estos años, deberán ser imitados por nosotros. Hay aun dentro del Pueblo de Israel más de una barrera que deberemos derribar; más de un temor que tendremos que afrontar, y algún que otro prejuicio que tantos siglos de desprecio teológico no ayudan a franquear. Para Yitz Greenberg, la autocrítica que la Iglesia ha desarrollado es tanto profética como digna de admirar e imitar. El judaísmo en general, dice, aun no ha alcanzado a reconocer en el Cristianismo a una fuerza de espiritualidad poderosa; lo que se evidenció en la derrota del Comunismo y su ateísmo militante; y en la salud espiritual y validez moral que las Iglesias muestran a lo largo del mundo.

Green nos demanda un esfuerzo adicional y mutuo para la comprensión profunda de la psicología de la relación judeo - cristiana.

Los judíos estimulamos a las Iglesias a dar pasos rápidos y que aseguran la lealtad de los cambios de mentalidad respecto de los judíos y del judaísmo.

De la misma manera, dice el Prof. Green, las comunidades y movimientos religiosos judíos deberemos discutir y solucionar temas pendientes como el exclusionismo, y la sensación de superioridad expresada en oraciones como las bendiciones matinales en las que se dice, por ejemplo: Bendito sea D´s que no me hizo gentil; que no me hizo mujer; que no me hizo esclavo.

Los judíos deberemos reevaluar la experiencia traumática de la Shoá bajo la forma de auto examen, y enfrentarnos con las difíciles preguntas que hasta ahora no ha sido fácil ni deseable abordar: Si los judíos no hubiésemos sido víctimas objetivo de los nazis, ¿Cuántos de nosotros hubiésemos arriesgado nuestras vidas y las de nuestros familiares para defender a los gitanos, o a los católicos, o a los homosexuales? Estas son cuestiones que el judío de hoy no tiene derecho ni de ignorar ni de dejarlas de lado para un futuro hipotético.

Sobre lo que no existe duda alguna, es que Judaísmo y Cristianismo son tradiciones religiosas que no solo comparten escrituras y un tronco común; sino que en esencia se necesitan la una a la otra. Más aun, deben cooperar la una con la otra ya que vivimos, para bien o para mal en una era de necesidad espiritual insatisfecha. Pero se sobreentiende que todo esto no debe significar para nada que alguna de ellas deba renunciar a sus particularidades e individualidad.-

Miraflores, 28 de junio de 2001; 7 de Tamuz de 5761.

1 Rabino de la Asociación Judía de Beneficencia y Culto de 1870 de Miraflores, Lima. Miembro del Comité Interconfesional del Perú.

2 Tomado de Internet: www.brandeis.edu/ethics: Unofficial Summary - Draft of Symposium Proceedings: Catholics, Jews, and the Prism of Conscience; Brandeis University, January 2001.
 

 

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