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EL HUERTO DE JANUCA Un paseo multidimensional por una fiesta poco comprendida por el Rabino Marcelo Polakoff Es cierto, el huerto hace más referencia al Edén, y pareciera que nuestro querido Adam no tiene mucha participación en esta fiesta. Sin embargo, ya veremos que esto no es tan así. Vamos a iniciar este viaje en varias dimensiones a través de Jánuca recorriendo sus sentidos y valores a la usanza de la hermenéutica judía, vale decir adentrándonos por los distintos niveles del “PARDES”. Esta palabra hebrea (aunque probablemente persa en su origen) es de donde proviene el vocablo “paraíso”, y denota la idea de un huerto de significados al que se ingresa a través de las puertas de cada una de sus cuatro letras (PRDS), las que conforman las iniciales de cuatro diferentes niveles de interpretación. Así, con la letra “Pei” se abre ante nosotros el “Pshat”, el sentido literal o más obvio de lo que queremos explicar. La segunda letra del “PARDES” es la “Reish”, que da lugar al “Remez”, o sea la “alusión”, aquello que a primera vista parecía desvinculado, pero que de hecho tiene mucho para aportar. Llegamos a la “Dalet” y se abre ante nosotros todo el panorama que nos brinda el “Drash” (de donde viene el “midrash”), y aquí es donde exigimos (del verbo hebreo “lidrosh”) una fundamentación más sustantiva. Más esencial. Más profunda. Y por último, la letra “Samaj”. El final del recorrido por el “PARDES”. Inicial del vocablo “Sod”, lo secreto. La capa más sumergida del huerto, la raíz desconocida de todo lo anterior. ¿Nos acompañan? Contamos con unos guías muy especiales. PSHAT, el dominio de Antíoco Bienvenidos a lo obvio. Me gustaría retirar lo de “bienvenidos”, pero no puedo hacerlo, ya que me encomendaron la tarea de guiarlos a través de lo que probablemente ya conozcan: mi historia. Mi triste historia. Todo comenzó cuando a Alejandro Magno se le ocurrió también conquistar Eretz Israel allá por el año 332 antes de la era común. Y a su muerte en el 323, el enorme imperio se dividió entre sus oficiales Seleucus y Ptolomeo, quedando esta zona del mapa a cargo del primero. Cuando como sucesor de aquel glorioso oficial me hice cargo del gobierno de la “Gran Siria” en el año 175 a.e.c., yo, el rey Antíoco Epifanes IV (así debieran llamarme) me ocupé de profundizar mi dominio sobre estos revoltosos judíos a partir de mi ingreso a Jerusalem 6 años más tarde. En realidad gracias a mí dejó de llamarse Jerusalem y por un tiempo se me ocurrió llamar a esta ciudad con un nombre más distinguido: “Antioquía” (¿les suena familiar?). Como muchos de ellos no querían respetar nuestras helénicas leyes y costumbres, lo tuve que hacer a la fuerza. Así que entre otros decretos, convertí a Jerusalem en una polis; eché al sumo sacerdote del Templo y puse en su lugar a un “empleado” mío que me ayudó a saquearlo y profanarlo (sacrificábamos allí cerdos en honor de Zeus); también prohibí la circuncisión, el estudio de la Torá, la observancia del shabat y la celebración de las fiestas, y en general todo aquello que los constituía como pueblo aparte. Pero no me fue muy bien por culpa de la familia de un tal Matitiau, un cohen de la familia de los Jasmoneos que vivía en la ciudad de Modiin. El con sus 5 hijos comenzó una revuelta que se extendió como el fuego de una mecha (¡no quiero ni escuchar acerca de mechas, velas o fuego porque me trae pesadillas!). Bajo el mando militar de Iehuda, el hijo al que llamaban “el macabeo”, y en base a una guerra de guerrillas que duró largos años, no se detuvieron hasta reconquistar Jerusalem en el 164 y para colmo, reinaugurar (ellos a esto lo llaman “Januca”) el Beit Hamikdash, con milagro incluído. Todo esto lo pueden leer en los libros apócrifos (los que no están incluídos en el canon oficial de los textos religiosos) de los Macabeos. ¡Terrible!. Perder no sería tan grave si no fuera porque encima hicieron de mi tragedia una fiesta. ¡Qué verguenza!. Me han contado que hasta el día de hoy durante todos los días que dura esa fiesta intercalan en la plegaria central de todos los servicios religiosos (la “amidá”) el siguiente texto que comienza con las palabras hebreas “Al Hanisim”: “Por los milagros.....que Tu has hecho......cuando el malvado reino helénico se levantó contra Tu pueblo Israel para hacerles olvidar Tu Torá....Te erigiste junto a ellos en el momento de la aflicción....Entregaste a poderosos en manos de débiles, a numerosos en manos de pocos, a malvados en manos de justos....y efectuaste una inmensa salvación y redención hasta este día. Luego Tus hijos entraron a Tu santuario, lo limpiaron y lo purificaron, y encendieron luces en Tus atrios y fijaron estos ocho días de Januca para agradecer y alabar Tu Nombre” Y si les queda alguna duda acerca de la insistencia en la memoria de este pueblo, se les ventilará cuando ahora les informe que incluso en la bendición para después de las comidas (el “birkat hamazon”) también incluyen el “Al Hanisim”. Es que probablemente hayan degustado las comidas típicas de Januca, que son a base de aceite en recuerdo al milagro del aceite del candelabro del Templo, milagro que todavía me resisto a contarles. Por eso comen latkes, que son panqueques o “levivot” en hebreo, y también muchas donas o “sufganiot”. Y a pesar de que esta festividad no aparece en la Torá que en su momento les prohibí estudiar, agregan en las plegarias matutinas como si fuera Pesaj por ejemplo, la lectura del Halel, compuesto por una serie de salmos de agradecimiento a Dios. Bien, les decía que me resisto a hablar del milagro, pero es mi deber revelárselos. Mejor que sea a través de palabras ajenas a mí. Pues parece ser que esa historia del milagro fue tan famosa que la registraron incluso en el tratado de Shabat del Talmud Babilónico en el folio 21b (de tanto ser guía algo tuve que aprender...), que dice: Enseñaron nuestros Rabinos: El veinticinco de Kislev, los días de Januká son ocho, y no debe en ellos pronunciarse elegía ni ayunar. Dado que cuando ingresaron los griegos al Santuario, impurificaron todos los aceites que allí estaban, y cuando se fortaleció el reino de la casa de los Hasmoneos y los derrotó, revisaron y no hallaron sino un único cacharro de aceite que yacía con el sello del Sumo Sacerdote (que certificaba su aptitud), y no tenía sino (la cantidad suficiente) para encender con él un (sólo) día. Un milagro ocurrió y se encendió con él (durante) ocho días. Al año siguiente establecieron y transformaron (dichos días) en fechas festivas, de alabanza y agradecimiento. Ven, de aquí mi repulsión hacia todo lo relacionado con el fuego. Porque yo me consumí, ¡pero ellos festejan encendiendo velas!. Como lo escribió el Rambam en el siglo XII: Y por ello, establecieron los sabios de dicha generación, que esos ochos días, que comienzan el veinticinco de Kislev, sean días de júbilo y alabanza. Y las velas se encienden en ellos por las noches, en las entradas de las casas, en cada una de las ocho noches, a fin de hacer público y exhibir el milagro acontecido en el Santuario... RaMbaM, Hiljot Januká 3,3 Y como ven, no les alcanza con festejar solos, sino que por si esto fuera poco, publicitan el milagro y lo hacen público y notorio colocando las janukiot (esos candelabros especiales que usan para esta fiesta) en las ventanas o en los umbrales de sus casas. Debido a que me causa mucho malestar tener que explicarles con lujo de detalles cómo lo hacen, qué bendiciones y textos recitan, qué cantan (¡como odio ese “Maoz Tzur”!), en qué momento se encienden las velas, quiénes la encienden, etc., al que le interese que haga click aquí. Además, recuerden que estamos en terreno del “pshat”, lo literal y obvio, y es evidente que muchas de estas cosas (pese a mi pesar) las recuerdan muy bien. Así que tengo un justificativo incluso bien judío para no extenderme demasiado. Tan sólo aprovecharía para agregar aquí que durante Januca no hay ninguna prohición de trabajar, que sí está prohibido ayunar, que los chicos acostumbran a recibir “januca guelt” que es un poco de dinero de regalo, y también a jugar al dreidl (la perinola o “sevivon”). Hasta aquí mis servicios. Disculpen si fui muy literal y superficial, pero de eso se trata el PSHAT. Y espero que no lo hayan disfrutado demasiado. Con poco afecto, el rey Antíoco Epifanes IV (o lo que de él quede). REMEZ, un paseo con Jasón Se cuenta que un hombre acaudalado entra a la oficina del rabino, y le pregunta cuánto dinero tiene que donar a la sinagoga para poder ser cohen. El rabino, bastante sorprendido por el pedido, le pregunta acerca de su motivación para semejante propuesta. Entonces el hombre contesta: - Mi abuelo era cohen, mi papá era cohen, ¡yo también quiero ser cohen! - Es
evidente que la categoría de “cohen” o sacerdocio tiene que ver en la teoría con el linaje
paterno, pero aunque ustedes no lo crean, hasta el sumo sacerdocio se puede comprar. La cuestión es que por unos 360 talentos de plata (y cada talento eran entre 25 y 40 kilos) me compré el cargo, y le prometí otros 150 más para que me otorgue la concesión para establecer un gimnasio, mejor dicho un estadio olímpico, cerquita del Beit Hamikdash. Mal no me fue. Lo tenía lleno de gente, obviamente la mayoría judíos, y muchos de ellos “cohanim”. Si no me creen, revisen nuevamente ese libro apócrifo de los macabeos y ahí está todo detallado. Pero
vayamos a lo nuestro. Se había nombrado más arriba a Adam, el padre de la humanidad. Es
hora de traerlo ante nuestros ojos nuevamente. Cuando Adam vió que los días se iban haciendo más cortos, dijo: “Pobre de mí, tal vez por mi pecado el mundo a mi alrededor se está oscureciendo y retornando al caos y al abismo; pues entonces esta será la muerte que se me ha decretado desde el Cielo”. Por ello comenzó a observar ocho días de ayuno (y plegaria). Pero cuando se dio cuenta de que llegó el solsticio del invierno y los días comenzaron a alargarse dijo: “¡Este es el ciclo de la naturaleza!”, y entonces observó ocho días de fiesta. El los fijó en nombre del Cielo, y los paganos lo hicieron en nombre de la idolatría. Como ven, mis queridos huéspedes, el terror de Adam a que los días vayan acortando sus horas de luz hasta casi desaparecer por completo, es un miedo que los sabios del Talmud conocían muy bien, y si se lo adscribieron a Adam, debía de ser un miedo muy primitivo. Pues así era. Distintas culturas en distintas geografías celebraban diversos rituales y ceremonias a fin de implorar por el retorno de la ansiada luz solar. Los persas encendían enormes fogatas y soltaban pájaros que portaban hierbas secas; los romanos celebraban el 25 de diciembre como el cumpleaños del sol y comenzaban sus festejos 8 días antes, y los griegos acostumbraban a realizar en esta época el festival a Dionisio, el dios helénico de la manía (el éxtasis y la locura) y del vino, que además de ser hijo de Zeus, era mitad varón, mitad mujer y a la vez mitad hombre y mitad animal. Con lo cuál si creen que fue muy casual que Antíoco eligiera un 25 de Kislev del 167 para comenzar sus idolátricos festejos en pleno Templo de Jerusalem, están equivocados. Lo hacía como parte de uno de los más descabellados y frenéticos festejos paganos, que incluía entre otras cosas hombres y mujeres vestidos solamente con pieles de cervatillos o lobos y con coronas de hiedras, quienes se dirigían a las montañas con fogatas y varas adornadas con coloridas hojas para pasar allí la noche en un estado de éxtasis idolátrico, remojando sus antorchas en vino y alcohol para hacerlas arder y traer así más luz a esta oscura época del año, mientras danzaban y gritaban a la manera de los retratos más puramente dionisíacos. Por ende, tampoco la fecha en que teóricamente los macabeos reinauguraron el Templo fue una fecha casual. Era la demostración más concreta de su triunfo frente a Antíoco y frente a los judíos helenizantes, que en masa se habían incorporado a las filas de la cultura helénica. Y
ya les veo la pregunta que viene: ¿Y Navidad, que cae el 25 de diciembre?. ¿Qué hemos descubierto en el REMEZ? Que Januca no empezó en Januca, y menos aún navidad en Navidad, sino que esta historia se remonta hasta el mismísimo Adam. Pero a no entristecer, ya que a pesar de este origen no muy santo, los macabeos, por más que me duela reconocerlo, tomaron ese ancestral festejo pagano y lo recrearon y resignificaron tanto y de tal manera que ustedes, como sus descendientes (y no míos), tienen que estar muy orgullosos de esta festividad. Los dejo con su jefe. Ah, si quieren dejar una propina a mi nombre, sería muy apropiado para con mi personaje. ¡Nos vemos!, Jasón (para los amigos, el no tan sumo ni tan sacerdote). DRASH, es tiempo de Iehuda Hamacabi Al fin entre amigos. No niego lo aseverado por Antíoco, ya que es el PSHAT. Y tampoco tengo reparos en cuanto a lo afirmado por aquel corrupto de Jasón. Aunque esa no es toda la historia; es tan solo un REMEZ, una insinuación, una especie de susurro. Es en este momento cuando verdaderamente entramos en territorio judío con mayúsculas. Estamos en el ámbito del DRASH, el reino de la interpretación, el corazón de la exégesis, el núcleo de la hermenéutica. Donde lo que cuenta, más allá de lo literal o lo sugerido, es lo que buscamos entender, lo que queremos significar. El sentido de lo acontecido, que es lo que en última instancia le otorga relevancia, tiene cita aquí y ahora. Permítanme entonces ser vuestro tutor y maestro en el fascinante mundo del DRASH. Y aunque les resulte extraño, debo volver a presentarme. Mi nombre tendría que ser Iehuda ben Matitiau, pero dado el medio ambiente helénico en el que vivía, incluso los nombres hebreos estaban en problemas. Muchos optaron por cambiarlos directamente por nombres griegos, y otros, como en mi caso, se agregaban o le agregaban a su nombre original otro de raiz helénica. Algunos afirman que “macabeus” en griego significa “martillo”. Otros, desde el Iosifón, un compendio pseudo-histórico del siglo X, con más imaginación que precisión histórica dicen que son las iniciales que llevaba en mi escudo, tomadas del versículo de Exodo 15:11 “Mi Kamoja Baelim Adonai” (¿Quién es como Tu entre los dioses, Adonai?). Y siguiendo con los acrósticos, se sugirió “Matitiau Cohen Ben Iojanan”, el nombre completo de mi padre, aunque no tuvo menos eco “Mamlejet Cohanim Beit Isarel” (El Reino de los Sacerdotes de la Casa de Israel). Tal vez estén más en lo cierto los que saben que en hebreo “makebet” o “makaba” alude a un martillo, tal como los golpes que daba con la guerilla judía. Pero para serles franco, y aunque traté de ocultarlo por siglos, mi apodo de “martillo” tiene que ver con la forma extraña que tenía mi cráneo. Los que se dieron cuenta se fijaron en la palabra “makban” que aparece en la Mishná (Bejorot 7:1) como una de las características que impedían a los sacerdotes servir en el Templo de Jerusalem. De cualquier manera, y ya presentado, notarán que lo que se huele por toda la superficie del DRASH es una impresionante batalla, pero fundamentalmente cultural. Una batalla que recorrerá siglos, y que aún no ha finalizado. Una lucha que retrató maravillosamente alguien con quien nos admiramos mutuamente, Winston Churchill. El postuló en su libro History of the Second World War: “Más allá de la judía y la griega, ninguna otra civilización ha puesto semejante sello sobre el mundo. Cada una de ellas, desde ángulos tan distintos, nos ha dejado la herencia de su genialidad y su sabiduría. No hay para la humanidad ciudades más relevantes que Atenas y Jerusalem. Sus mensajes en la religión, la filosofía y el arte han sido la luz principal que ha guiado a la fe y a la cultura moderna. Personalmente, siempre he estado al lado de ambas...” Es evidente que Antíoco no buscaba destruir al pueblo judío. Lo que pretendía era borrar el judaísmo del mapa. Pero he aquí que se topó con nosotros, los macabeos, que no teníamos otro objetivo más que el cumplir con la Torá. Y justamente allí, ya estaba escrito el origen de esta contienda. Vayamos al capítulo 9 del Génesis, y encontrémonos con Noé, el nuevo padre de la humanidad. ¿Cuántos hijos tuvo? Tres: Shem, Jam y Iafet, y de ellos descendieron todos los pueblos de la tierra. De lo que cada uno representa. Shem significa “nombre”, y denota lo esencial, la sabiduría, el espíritu. De aquí provino Abraham y el pueblo de Israel. Jam es “calor” y simboliza lo físico, lo instintivo y más primitivo del ser humano. El linaje canaaneo. Y Iafet es “belleza”, la base del arte, la ciencia, el deporte, la estética. El padre de Iavan, que en hebreo significa “Grecia”. ¿Quién predominó? ¿Cuál es la civilización que nos ha forjado como humanos? Por cierto Jam no, y a pesar de que a veces de presente con su rostro más cruel, la bestialidad humana ha sido en cierta forma controlada, reprimida o como dicen los psi “sublimada” hacia alguna dirección. O para el lado de Atenas, o para Jerusalem. Para Iafet o para Shem. Hacia el Olimpo o hacia el Sinaí. Noé estaba atento a lo que sucedería, y lo bendijo a Iafet diciéndole: “Que Dios engrandezca a Iafet, pero que more en las tiendas de Shem”. Porque si la belleza no se encuentra al servicio del espíritu, mora con Jam, y se convierte en la cuna de la forma y en la exacerbación de lo externo, de lo superficial, del envoltorio. Y se torna en narcisista y se corrompe. En las olimpíadas de atletas que participaban desnudos, ofrendando sus cuerpos a los dioses del Olimpo. En los “vomitoriums”, los famosos banquetes griegos donde se comía hasta el hartzago. En las desenfrendas orgías idolátricas que se entremezclaban con discusiones filosóficas. En la tecnología al servicio exclusivo de ella misma. Nosotros no estábamos en contra de la belleza ni de lo físico. Porque esto no se contradice con la espiritualidad. Pero no permitiríamos que la avasallara. Sin embargo, hubo muchísimos de nuestros hermanos judíos que se dejaron tentar por las sensuales voces de las sirenas helénicas y que corrieron a hacerse socios de los gimnasios como el de Jasón, y tampoco se detuvieron allí. Hasta se pudo de moda la cirugía estética para ocultar el brit milá, la circuncisión, y así poder pertenecer al patrón físico helénicamente aceptable. Cualquier similitud con prácticas y costumbres de vuestra época, no soy responsable. Es más, los macabeos triunfamos, pero 100 años después de mi propia historia, volvió a sucumbir el reino del espíritu, y todavía no parece haber ganado la batalla. Por eso es muy buena la idea de los
jajamim, de acostumbrar al pueblo a encender las velas de la janukiá en las ventanas o en
los umbrales de las casas, como la única mitzvá que se realiza explícitamente con la idea
de “publicitar” algo, en este caso el milagro de Januca, para que aquel que se sienta afuera,
sepa que puede volver a entrar. Creo que estamos en el momento propicio para recordarles una vieja discusión talmúdica (en el Tratado de Sahabat entre las escuelas de Beit Hilel y Beit Shamai, acerca de si vamos ascendiendo o descendiendo en cuanto al encendido de las ocho velas de la festividad durante sus ocho días. Ya saben que triunfó la postura de Hilel, de partir del encendido de una sola vela, y desde allí ir sumando una vela cada día, hasta llegar a las ocho. Lo que tal vez no recuerdan es que hay quienes dicen que lo que les comentó Antíoco en cuanto al significado de la palabra “Januca” como “reinaguración” está equivocado, ya que Januca es también un acróstico que demuestra la victoria de la costumbre de Beit Hilel. Veamos:
Como decía la gente de Beit Hilel, en cuestiones de “kedushá”, de “santidad” siempre hay que aumentar. Y como la creatividad y el DRASH en nuestro pueblo no tienen límite, están los que dividen la palabra “Januca” en dos para entenderla así: “Janu Ca”, donde “janu” es “descansaron” y “ca” son dos letras hebreas, la “caf” y la “hei”, que juntas significan por su valor numérico “25”, por lo que el nombre de la festividad indicaría que el 25 de Kislev pudieron descansar después de haber batallado largamente para reinaugurar el templo. Y por si esto fuera poco, y con la misma división están los que leen las dos primeras letras, la “jet” y la “nun”, como “jen”, que quiere decir “gracia”, vale decir que en ese 25 los guerreros macabeos encontraron la victoria con la gracia divina. Otro interesante ejercicio hermenéutico es preguntarse por qué se sigue celebrando el milagro durante 8 días. Si el cacharro con el aceite consagrado que encontramos era para un solo día y duró 8, pues entonces hubo milagro en los restantes 7. ¿Lo quieren pensar por su cuenta?. Por las dudas, y mientras lo van haciendo, les acerco algunas sugerencias: - El aceite se dividió en 8 partes para 8 días (mientras producímos aceite nuevo) y cada parte alcanzó para su noche. - El primer día también lo consideramos milagroso por haberle ganado a los griegos, siendo nosotros menos y más débiles. - Cuando pusieron el aceite en el candelabro, el recipiente quedó lleno como si no se hubiera usado. Esto ya se vio desde el primer día. - >Las velas del candelabro ardían toda la noche y a la mañana siguiente el aceite estaba completo para volver a prenderlas. - La primera noche hicimos mechas finitas y pusieron poco aceite para que alcanzara para los 8 Días. A pesar de esto la luz no disminuyó y brillo normalmente. Otra de las maravillas de esta sección del PARDES es la de las mujeres. ¿O acaso creían que la victoria, más allá de la participación divina, se debió exclusivamente a una cuestión de masculinidad? Hay una literatura entera que bien vale la pena revisar. La primera historia que les sugiero leer es la de Jana y sus siete hijos (cap. 7 de II Macabeos o en Masejet Guitin 57b), quienes ante la negativa de cumplir la orden de Antíoco de comer cerdo en público, se convierten en los primeros mártires de la historia judía. Vale la pena señalar que la palabra griega “mártir” significa “dar testimonio”, y vaya si lo hicieron. Una historia similar sucede con el escriba Eleazar, también relatada en IV Macabeos. La segunda historia, con un final más feliz, es la de Judith, una hermosa, rica y piadosa viuda que salvó a su pueblo de manos del rey greco-sirio Holofernes, y a través de una estratagema culinaria (quesos y vino), logró cortarle su cabeza y dar así por terminado el sitio de Jerusalem. Aparece en la Septuaginta y en algunas biblias cristianas. Hay un tercer relato, mucho menos conocido, que forma parte de un midrash medieval, acerca de la hija de Matitiau el Jashmonai, llamada también Jana. Y con la nefasta costumbre del “privilegio real de la primera noche” por medio de la cuál las mujeres ni bien contraían enlace debían pasar su noche de bodas con el rey en los aposentos reales, en esta fascinante historia se aduce que el principio de la revolución macabea se debió a la negativa de esta Jana de acostarse con el gobernante griego. Amén de que estas historias ayudaron a valorizar el rol de la mujer en general y en januca en particualar, también influyeron para que la ley judía también incorpore a las mujeres en la mitzvá del encendido de las velas del Jag. Como ven, el DRASH
da también para una ópera entera, algo que el gran compositor Handel no dejó pasar cuando
en abril de 1747 en el teatro londinense de Covent Garden se estrenó su oratorio “Judas Maccabeus”,
cuyo guión se basó justamente en los libros de los Macabeos y en la obra “Antiguedades Judías”
de Flavio Josefo. SOD, el ámbito de lo secreto No me correponde presentarme. Y ya comprenden por qué. Mi identidad debe permanecer por ahora entre las sombras. Me han llamado (¿cuándo no?) para acompañarlos en el final de su viaje. Y soy el más indicado para hacerme cargo de lo esotérico, de lo oculto. De aquello que muy muy pocos han logrado develar: la inasible capa del sentido último de los acontecimientos, el SOD. Entraremos aquí a un mundo místico, misterioso, en el que las matemáticas se encuentran con el espíritu, y las letras chocan con el tiempo. En el que se mezclan dimensiones y variables, de un modo que dista de la lógica “griega”. No es para todos, ni todos aquí se sienten cómodos. Pero si hasta aquí han llegado, avancemos un poco más. Empecemos por el principio: “Bereshit bará Elohim...”. Nos toca develar el secreto del 25. Porque en ese día se concentra el sentido último de Januca. Y en esta dimensión al 25 se llega contando. ¿Cuál es la palabra número 25 de la Torá?. Si hicieron bien las cuentas, la respuesta correcta es “or”, o sea “luz”. La luz primordial de la Creación, aquello que en primer lugar Dios llamó a la existencia durante el día en que se inició el universo, esa luz, es la que está concentrada en este número. Y obviamente está oculta. ¡A no confundirla con la luz del sol y las estrellas a la cuál se dio origen recién en el cuarto día!. Los místicos afirman que este es el motivo por el cuál la declaración de fé más importante de nuestro pueblo, la afirmación del monoteísmo, el “Shemá Israel”, está inexorablemente compuesto por 25 letras. Porque cuando pronunciamos el Shemá, se despliega un poco de aquella luz. Pero hay más cuentas por hacer. Nuestros sabios dicen que esa luz oculta está reservada para los justos (Jaguigá 12a). Y que brilló en la Creación tan sólo durante 36 horas (Ierushalmi Brajot 8:5). Y que es por ello que precisamente en cada generación se encuentran 36 justos ocultos (así está escrito en Sucá 45b), conocidos como los “lamedvavnikim” (de las letras hebreas “lamed” y “vav” que forman el número “36”), sin los cuáles el mundo perdería inmediatamente su existencia. Januca, o como también se la llama “Jag Haurim”, es decir “La fiesta de las Luminarias” comienza justamente en el día número 25 una carrera diaria hacia el número 36. ¿Por qué? Porque vamos incrementando la luz en nuestros candelabros, agregando una vela cada día, y entonces...1+2+3+4+5+6+7+8=.....¡36!. El milagro, mis queridos paseantes de lo secreto, no es solamente el de Januca. El milagro reside en descubrir la presencia de lo extraordinario en lo cotidiano. Y reconocerlo cuando se hace manifiesto y público, como sucede especialmente en esta festividad, cuando a través de estas velas, podemos descubrir algunas chispas de esa luz oculta, con la cuál Dios, según el texto más esotérico de nuestra tradición, nutre al mundo (Zohar, Shemot 149a). OK, les avisé que esta iba a ser una dimensión diferente, donde lo aparente y manifiesto desaparece bajo el velo de lo que se halla más allá. Y entonces Januca no es tan solo Januca y Antíoco con su PSHAT, ni tampoco es aquel REMEZ de Jasón con su solsticio, y ni siquiera el atrapante DRASH del héroe de esta fiesta, Iehuda Hamacabi. Januca se permuta así en el anuncio de una luz oculta. Y hasta su juego más infantil cobra una importancia radical en la simbolización de la historia del pueblo de Israel y del mundo todo. Así es, me estoy refiriendo al sevivón, dreidl, o perinola, como gusten llamarlo. Verán a continuación, ayudados por sabios como Ramban y su comentario a Bereshit 28:12; o el Pirkei DeRabi Eliezer 35; el Maharal Ner Mitzvah; el Bnei Yisasschar y su comentario del Rav Nachman Bulman, cómo detrás del dreidl hay una historia fascinante. La explicación tradicional acerca de esta perinola es que sus cuatro letras hebreas NUN - GUIMEL - HEI – SHIN -son las iniciales de “Nes Gadol Haiá Sham”, es decir “Un gran milagro hubo allí”, y por ello en Israel se cambia la letra final y en vez de la Shin se utiliza una Pei, para que la oración sea “Un gran milagro hubo aquí (Po)”. Pero hay mucho más aquí de lo que parece. En ese versículo que les comentaba del Génesis, se habla sobre Iaakov, y allí dice: “Entonces soñó, y he aquí una escalera puesta en la tierra, cuya parte superior alcanzaba el cielo. He aquí que los ángeles de Dios subían y descendían por ella.”. Ramban, o sea Najmánides, uno de los místicos más prominentes de nuestro pueblo escribió que en este subir y bajar de los ángeles del famoso sueño de nuestro tercer patriarca se hallaba encerrada la historia de Am Israel. Y que esos ángeles eran los guardianes protectores de los cuatro grandes imperios que en el futuro dominarían al pueblo judío: Babilonia, Persia, Grecia y Roma. Entonces, las cuatro letras que rodean a nuestro sevivón no serían más que la representación gráfica de esos cuatro imperios. ¿Cómo? La NUN simboliza a Babilonia, que en el año 586 a.e.c. destruyó el Templo de Jerusalem, la conexión física del pueblo de Israel con el Creador, el lugar que vehiculizaba el flujo de la energía espiritual. El alma o el “Nefesh”, palabra iniciada con esta letra NUN, de Am Israel fue lo que este imperio dañó. La GUIMEL está representada por el exilio de Persia y Media, relatado en la historia de Esther. Este imperio a través de Hamán buscó destruir físicamente al pueblo judío. “Guf” es la palabra hebrea para “cuerpo”, aquello que este imperio casi logra aniquilar. La SHIN se vincula a Grecia, justamente nuestra historia, en la que este imperio intentaba dominar el “Sejel” (palabra que comienza con esa letra), que es la sabiduría y el conocimiento de Israel. El intento de helenización de la Torá frustrado por los macabeos. La HEI, finalmente, señala a Roma. El imperio que pretendió acabar con todo, “Hakol”, con la “totalidad” de la existencia judía. Destruyeron nuevamente el Templo (el segundo) y con él el “nefesh”, casi terminan con nuestro pueblo después de la batalla en Betar y nos dejan sin “guf”, y como herederos del mundo helénico, al que después sumaron el cristianismo como religión del imperio, buscaron a través de ella convertirse en el Nuevo Israel, arrasando el “sejel” de Am Israel. Y así de poderosas, estas cuatro letras, o entidades, o imperios, cada una de ellas registrada en una pared del dreidl, son todas en última instancia, movidas por un pequeño punto que se encuentra en la base, como si fuera la letra “iud”, la más chiquita de todas, y la que precisamente simboliza al “yid”, al “judío”. Y ese punto es como el pueblo judío, enormemente pequeño, pero sobre el cuál muchas veces el mundo entero gira. No tienen más que leer los diarios de esta semana para darse cuenta de que es así. Y como siempre, y aunque no lo notemos, la mano que mueve al dreidl, y a la existencia toda, es la que está por encima. Y es esa misma mano, a pesar de tanta fortaleza, poder y esplendor de tantos imperios (otros usan las mismas letras, pero los llaman diferente: Nabucodonosor, Gog, Haman y Seir), la que ha garantizado que lo único que aún permanezca para contar la historia sea aquel mismo pequeño pueblo que todos ellos intentaron doblegar. Les dije que no sería terreno fácil. Estamos en el SOD, concluyendo
en lo oculto el periplo al que han sido convocados. Y el último secreto radica en mi identidad.
Volvamos a las matemáticas para integrar en un todo esta dimensión final del PARDES. |
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